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Blog de Juan Carlos Luna

Ficción

Mala suerte...(Final)

Como un relámpago el pensamiento corrió por todos. Llegaron a la misma conclusión. Espontáneamente se arrodillaron, elevaron sus manos y caras al cielo, gritaron, pidieron, suplicaron ayuda. De pronto, el aire se agitó violentamente, y a lo lejos en el firmamento se observaron unas figuras blancas que se acercaban y cambiaron a grises, después a negras mientras se posaban sobre el pueblo, majestuosas y amenazantes al mismo tiempo. Repentinamente un gran destello de luz cegó a las asustadas personas que estaban mudas ante aquel espectáculo y en seguida un estruendo surgido entre las nubes los paralizó por completo. Sin que lo notaran una solitaria gota de agua viajó desde lo alto para estrellarse en el seco suelo que la bebió desesperadamente, luego, otras gotas cayeron y desaparecieron inmediatamente. Cada vez eran más y más y más ¡Era lluvia! Realmente estaba lloviendo. Los sorprendidos campesinos no sabían que hacer. Los niños más pequeños tenían miedo pues no sabían que sucedía pero al ver el regocijo de sus padres comenzaron a reír y bailar. Todos abrían la boca para beber y constatar que no era un sueño. Y en verdad, no lo era.
Nuevamente se arrodillaron, esta vez para agradecer el milagro, alababan, cantaban, casi gritaban. Pero la ambición se apoderó de sus almas. No contuvieron sus demandas y pidieron más. Desearon tener la cosecha más grande de la región y en los huertos y parcelas comenzaron a crecer maíz, fríjol, zanahorias, papas y lechugas. Los árboles retoñaron y se cubrieron con peras, manzanas, duraznos y ciruelas. Era hermoso ver como crecían las plantas.
Una vez más agradecieron, pero la tentación fue más grande y oscureció sus almas, y ahora la gente pedía dinero, mucho dinero, deseaban ser el poblado más rico de la región, ser poderosos, tener y ser lo que nunca antes imaginaron. Y de pronto dejo de llover.
Un silencio se apodero de el cielo y las nubes. Todo seguía oscuro y frío, pero esta vez era diferente. La situación se prolongó durante algunos minutos. Los lugareños se encontraban esperando en suspenso. No sabían que iba a suceder. ¿Acaso podrían sus plegarias ser escuchadas una vez más? ¿Podrían contemplar otro milagro?
Inesperadamente un relámpago partió desde el mar de nubes que se posaban sobre ellos. Los campesinos sin saber que pasaría mantenían en expectativa sus corazones. De pronto una moneda cayó del cielo. Aquellas personas no lo podían creer ¡Se cumplió su deseo! Realmente era una moneda de oro. ¡Llovía dinero! Pero esta vez no agradecieron. Estaban muy ocupados en recoger las monedas como para recordar de donde habían llegado. En ese momento caían más monedas, la lluvia fue incrementándose cada vez más y comenzaron a destruir el pueblo. Aquellos doblones surcaban el abismo entre las nubes y los techos de las casas, perforándolos cuando chocaban contra ellos. Uno a uno los jacalitos fueron derrumbándose creando un espantoso ruido que sacó de su indiferencia a los ingratos campesinos. Solo les tomo un momento para percatarse la situación y el terror se apodero de ellos. Comenzaron a gritar y a correr de un lado hacia otro. No había un refugio seguro, las casas se desmoronaban, los corrales caían, hasta la imponente cúpula de la iglesia comenzó a ceder. Bastaron solo un par de minutos para que se deshicieran las plantas que milagrosamente crecieron. La gente comenzó a caer herida de muerte con monedas incrustadas en el cráneo o la espalda. La lluvia de metal arrasó todo en unos minutos. Solo un tapiz dorado que cubría la tierra permaneció como testigo mudo de aquel castigo.
Fue un fin extraño para un pueblo que vivió en la miseria y el olvido durante toda su historia. Nadie se entero que existía, ni de como desapareció. Ahora la el polvo cubre lentamente las monedas que cayeron del cielo y en algunos años no habrá vestigio alguno del pueblo del que nadie sabía nada.
¡Que mala suerte!

FIN.

Mala Suerte (segunda parte)

Las soluciones eran cada vez más desesperadas y conflictivas. Algunos propusieron llorar en los campos para regar las plantas, otros idearon una máquina que convertiría las piedras en agua y los más osados intentaron construir una escalera que llegara hasta el Cielo para pedirle a San Pedro que les regalara un poco de lluvia. Aunque todo fue inútil, se negaban a huir de aquel árido lugar. Los mayores se oponían rotundamente, y los jóvenes no sabían hacia donde dirigirse. Uno de ellos pensó en enviar una carta con un mensaje de auxilio hacia las personas que vivían más allá de los cerros, pero en Mala Suerte no había oficina de correos y mucho menos teléfono, por lo que decidió mandar una paloma mensajera que su abuelo había criado desde que era un pichón, pero la necesidad era tal, que su madre la cocinó antes de que pudiera enviarla. Parecía que todas las puertas estaban cerradas. Era imposible salvar a su pueblo, pero aun así no lo abandonarían.
Un día la comida se termino. Pasaron tres días sin comer. Los niños lloraban, las mujeres se lamentaban y los hombres maldecían, pero cada hora que pasaba, el silencio abrazaba más y más las polvorientas calles hasta que solo un murmullo alimentaba la deprimente desgracia de aquellos desdichados.
Una mañana después, despertaron todos los habitantes de aquel desolado lugar. El sol arrojaba sus primeros rayos como lanzas que pintaban de dorado los adobes de las casas. Cada uno salió de su morada frotándose los ojos para poder ver bien. Todos sabían que su fin estaba cerca y aunque trataban de no pensar en ello, las tripas parecían recordárselos en cada grito de dolor por el hambre.
Lo intentaron todo, pero lo único que lograron fue comprobar que Dios se había olvidado de ellos. Él, que les dio la vida, que los colocó ahí, donde las guerras no llegaban, donde no había ruido ni humo, donde no existían las prisas ni el estres. Él los había abandonado, ¿O no era así? ¿Acaso Dios no se había enterado? Tal vez necesitaban rezar con más fuerza, con todo su corazón para ser atendidos. Si, eso era.

Cuento: Mala Suerte

Mala Suerte

Mala suerte era un pueblo que parecía no existir. Nunca apareció en los mapas ni en los libros de geografía, mucho menos en los censos. Los habitantes de los pueblos cercanos apenas habían oído hablar de él. La gente que vivía en la cabecera municipal no tenía idea de que existía. Era un lugar que tenía la mala suerte de no ser.
Por alguna extraña razón los caminos no pasaban cerca y que decir de los animales que hacía tiempo se habían alejado pues ni siquiera era un buen lugar para ellos. Por ello era que ya no se escuchaban los pájaros por las mañanas, ni las vacas pastando o los perros ladrando por las noches.
Los pocos que sabían algo de ese sitio relataban historias sobre un pueblo fantasma del que nadie sabía como llegar. Contaban los viejos que ahí vivía el mismísimo Diablo con sus demonios que desde ahí aconsejaban y observaban a los niños que se portaban mal, así como a las doncellas que caían seducidas por los forasteros. Si cualquiera se acercaba, y acaso saliera con vida quedaría maldito para toda la vida, contaminando de mala suerte a los que le rodearan. A decir verdad, nadie se había acercado a ese lugar.
Pero Mala Suerte tenía mala fama, solo eso: mala fama.
En realidad nadie conocía la verdad de aquel punto invisible en la cartografía del país. Ninguno se había aproximado a sus huertos y jardines marchitos, sus arroyos secos, las casuchas derruidas, algunas con un agujero en el techo. Nadie conocía a los niños flacos llenos de mugre y mocos, o las señoras que cargaban sus bolsas vacías del mercado, ni a los señores sentados con su barriga al aire en las calles con botellas de cerveza vacías mientras el único perro del pueblo arrastraba sus huesudas patas frente a ellos. No, nadie lo conocía.
Aquel era un pueblo que no tenía la pinta de ser una parte del averno tal como lo describían, al contrario, parecía que el cielo y hasta el mismo infierno se habían olvidado de él así como el resto del mundo porque no era agradable visitarlo, mucho menos vivir ahí.
Él poblado existía desde mucho tiempo atrás, y ninguno de sus habitantes sabía con certeza sus orígenes. Algunos contaban que tres ricas familias se habían refugiado en aquel lugar después al iniciar la independencia, huyendo de la ira de los insurgentes, otros decían que unos revolucionarios se escondieron en ese lugar luego de haber saqueado la capital del estado con un gran botín de dinero y mujeres, por lo que fundaron el pueblo para no ser encontrados. Mucha gente seguía buscando el dinero escondido de los revolucionarios. Se llegó a contar incluso que descendían de unos marineros españoles perdidos antes de la conquista.
En realidad no importaba como surgió, pues estaba próximo a desaparecer. Los niños más pequeños nunca vieron llover. La sequía azotaba la región desde algunos años atrás. Los dos arroyos se secaron antes de poder sembrar los frijoles y el maíz. La comida se terminaba rápidamente y nadie podía remediarlo.
Cada día, cada noche, los habitantes se preguntaban que hacer. No sabían como obligar al cielo para que derramara sus lagrimas de vida, o que el arroyo transportara agua desde la sierra. Todos los métodos que idearon resultaban inútiles, pues ni la gran sabiduría del brujo local, ni los rezos del cura lograron saciar la sed de la región. La desesperación se apoderaba rápidamente de ellos. Los ancianos vivía resignados, pero los jóvenes no querían desaparecer. Aunque para el mundo nunca existieron.

Cuentito

- Y dime… ¿Cómo está tu abuelo?
- Muerto.
- Eso ya lo sé, pero ¿Cómo está?
- Pues, muerto ya te dije.
- ¿Y piensas qué esa es una condición suficiente para existir?
- Pero ya te dije, está muerto. No vive más.
- ¿Qué hacías ayer a las tres de la mañana?
- Estaba dormido.
- ¿Y?
- ¿Y qué?
- ¿Soñabas? ¿Estabas cubierto? ¿Estabas acostado?
- Si, acostado.
- ¿Y tu abuelo?
- Muerto.
- Y…
- Y enterrado. Tiene la fortuna de no estar revuelto.
- ¿Revuelto? ¿Cómo es eso?
- Revuelto en si mismo. Ya sabes, en cenizas.
- Ya veo. ¿Acaso es un muerto feliz?
- No veo por que no.